martes, 24 de agosto de 2021

RITUAL DE EVOCACION A NAAMAH

RITUAL DE EVOCACION A NAAMAH



Para realizar este ritual debes de tener una intención especifica, pues no se puede llamar a los espíritus sin una meta, Naamah es la regente de la espera Qliphotica Lilith, la tierra negra y puede ser convocada para pedir nos abra la puerta y nos guie a través de su reino, así como para pedirle algún beneficio en los aspectos espiritual o material, ella preside sobre la música, las artes, la sexualidad, la naturaleza, los muertos y todos los aspectos del mundo físico.
A diferencia de la invocación, que por lo general se utiliza para obtener algún cambio interno o para adquirir habilidades personales, en la evocación se persigue una meta en el mundo que nos rodea, por ejemplo la realización de alguna tarea en la cual el individuo tiene pocas posibilidades de actuar por cuanta propia, en pocas palabras para obtener algún favor del espíritu en cuestión.      
Como es bien sabido para la evocación mágica se requiere de un medio físico para que el espíritu al que se evoca pueda manifestarse, en este caso utilizaremos la visualización a través de el humo, ademas se debe de tener cierta capacidad por parte del individuo de proyectar energía la cual sera utilizada por el espíritu para poder manifestarse en nuestro plano, la sangre y los fluidos sexuales son buenos medios con los cuales las entidades pueden tener mayor capacidad de manifestación, ademas de ser muy buenas ofrendas.
 

Materiales:
- Sigilo 


- Un cuenco negro
- Agua
- Pachuli
- Pétalos de rosa roja, malva, verbena y azucena 
- Copal
- Un sahumerio 
- Tres velas, una roja y dos negras
- Una aguja estéril


Para comenzar deberás preparar tu mente al menos tres días antes de que realices este ritual, medita sobre el sigilo anterior y ten en mente una idea clara del propósito del ritual, no debes de tener duda alguna sobre esta para el momento en que realices este ritual, recuerda que estas tratando con magia negra y entidades muy poderosas y los resultados serán muy rápidos y poderosos, así que ten cuidado con lo que deseas. 
Pon a secar los pétalos, que deben de ser una cantidad considerable pues deberán de arder por algún tiempo, pero reserva algunos para la ofrenda.  
Decora tu altar con telas negras y rojas, orientándolo hacia el norte, en el fondo del cuenco pinta con pintura roja el sigilo, por fuera de este pinta los números 160 y 165 enciende el sahumerio y las velas, quema el copal.
Coloca le cuenco en el centro del altar, vierte el agua dentro de este, debe de verse el sigilo, coloca unas gotas de pachuli, enciende la velas y colócalas al rededor del cuenco formando un triangulo con la vela roja en la parte superior apuntando al norte.
medita por un momento hasta aquietar tu mente, cuando estés preparado realiza el destierro siguiente:

De cara al norte levanta tu mano izquierda y traza en el aire un pentagrama invertido visualízalo ardiendo y exclama:

LLAMO A LILITH EMPERATRIZ DEL SITRA AHRA 
LEVANTATE EN EL NORTE 

RENICH VIASA AVAGE LILITH LIRACH


De cara al este levanta tu mano izquierda y traza en el aire un pentagrama invertido visualízalo ardiendo y exclama:
   
LLAMO A MAHALATH LA JOVEN 
LEVANTATE EN EL ESTE

REAYHA BACANA LYAN REME QUIM MAHALATH

De cara al sur levanta tu mano izquierda y traza en el aire un pentagrama invertido visualízalo ardiendo y exclama:

LLAMO A EISHETH ZENUNIM LA PROSTITUTA DEL TEMPLO
LEVANTATE EN EL SUR

NUMAL VASHT IZET QODESHA

De cara al sur levanta tu mano izquierda y traza en el aire un pentagrama invertido visualízalo ardiendo y exclama:

LLAMO A AGRATH BAT MAHLAT SUCUBO DE LAS ILUSIONES
LEVANTATE EN EL PONIENTE

ADVENI AGERATH DIVINITAS ET VORSIPELLIS

De vuelta el norte levanta ambas manos formando un tridente con ellas y tu cabeza exclama:

NAAMAH TU QUE TIENES LAS LLAVES DE LA PUERTA HACIA LADO NOCTURNO, 
DIVINIDAD SUCUBICA QUE OTORGA LA GNOSIS YO TE EVOCO

Pínchate un dedo y derrama unas gotas de sangre dentro del cuenco, en este momento debes de colocar el sahumerio delante de ti e ir arrojando pétalos sobre el para generar humo suficiente para la manifestación, con ambas manos apunta hacia el altar mientras visualizas energía subiendo desde tus pies a través de tu cuerpo hasta salir por la punta de tus dedos y dirigirla hacia el altar:

ZAZAS ZAZAS NASATANADA ZAZAS

 APERITATUR ACHARAYIM ET GERMINET NAHEMA (x11)

LIFTOACH QLIPHOTH 

BARUCH HA-NA-AMA-HEMA 

AHIM-NEST-FAI
Repítelo muchas veces a modo de mantra
 

En este momento es cuando la presencia de Naamah se manifestara dentro del humo, es posible que sientas un cambio de temperatura o una sensación de "estar acompañado", las señales son inequívocas y cuando se presente no abra lugar a dudas, debes de estar atento sin perder la concentración en el mantra, cuando ayas sentido su presencia es cuando debes de expresar tu solicitud, puede ser en forma oral, mental o escrita sobre un papel el cual quemaras en una de las velas. 
Cuando tu solicitud sea escuchada, un sentimiento de aceptación o negación llegara a ti, es posible que no lo escuches en forma de palabras sino como un sentimiento, deberás de ofrecer algo a cambio, pueden ser velas, incienso, oraciones, obras de arte, música, alimentos o acciones, eso sera algo que trataras directamente con Naamah, pero deberás de cumplir con tu palabra, créeme que tus palabras serán escuchadas y los resultados increíbles.
Cuando el trato este cerrado coloca los pétalos que habías reservado dentro del cuenco con agua a modo de ofrenda y agradece a Naamah su presencia puedes despedirla o invitarla a quedarse contigo hasta que ella decida irse, puedes invitarla a que se manifieste en tus sueños, donde el contacto sera mas directo, eso ya queda a tu voluntad, agradece a las demás entidades que asistieron a tu llamado y deja las velas encendidas hasta que se consuman por completo.    




sábado, 1 de mayo de 2021

H. P. LOVECRAFT, LAS SOMBRA FUERA DEL TIEMPO PARTE 2


 

Mi reintegración a la vida normal fue larga, dolorosa y difícil. Perder cinco años crea más complicaciones de las que se pueden imaginar, y en mi caso, quedaba además un sinnúmero de cuestiones por resolver. Lo que me contaron sobre mis actividades posteriores a 1908 me dejó anonadado, pero traté de considerar el asunto lo más filosóficamente posible. Finalmente, una vez lograda la custodia de mi hijo Wingate, me instalé con él en mi casa de Crane Street y procuré reanudar mis tareas docentes, ya que la Facultad me había ofrecido cariñosamente mi antigua cátedra. Me incorporé a mi trabajo en febrero de 1914, y a él me dediqué durante un año. En este tiempo me di cuenta de que, después de aquel largo periodo de amnesia, yo no era el de antes. Aunque me hallaba mentalmente sano —así lo creía, al menos—, y conservaba íntegra mi propia personalidad, había perdido el vigor y la energía de otros tiempos. Continuamente me acosaban sueños vagos y extrañas ideas, y cuando el estallido de la Guerra Mundial orientó mi interés hacia temas históricos, me di cuenta de que consideraba las épocas y los acontecimientos de manera sumamente extraña.

Mi concepción del tiempo —mi capacidad para distinguir entre sucesión y simultaneidad— había sufrido una sutil alteración, de modo que me forjaba quiméricas ideas sobre la posibilidad de vivir en una época determinada y proyectar mi espíritu por toda la eternidad, para conocer las edades pasadas y futuras.

La guerra originó en mí extrañas impresiones: era como si recordarse algunas de sus últimas consecuencias, como si supiera cuál iba a ser su desenlace, y pudiera contemplar retrospectivamente los hechos que se desarrollaban en el presente. Todos estos pseudorecuerdos venían acompañados de fuertes dolores de cabeza, y la clara sensación de que entre ellos y mi conciencia se alzaba alguna barrera psicológica. 

Cuando tímidamente confiaba mis impresiones a los demás, observaba que reaccionaban de la manera más diversa. Casi todos me miraban con desconfianza. Las matemáticas, en cambio, me hablaban de los últimos adelantos de la ciencia que cultivaban: de la teoría de la relatividad, que entonces sólo era conocida en los medios científicos, pero que más adelante llegaría a ser mundialmente famosa. Según decían, el doctor Albert Einstein había logrado reducir el tiempo a una simple dimensión.

Sin embargo, los sueños y sentimientos turbadores se apoderaron de mí hasta tal extremo que en 1915 me vi obligado a abandonar mis actividades docentes. Algunas de mis sensaciones anormales fueron tomando un cariz inquietante. En ocasiones, por ejemplo, me sentía dominado por la convicción de que, en el curso de mi amnesia, me había sobrevenido un cambio espantoso; que mi segunda personalidad procedía, sin duda, de regiones ignoradas, como si una fuerza desconocida y remota se hubiera aposentado en mí, mientras mi verdadera personalidad era desplazada de mi propio interior.

Este es el motivo de que entonces me entregase a vagas y espantosas especulaciones sobre cuál habría sido el paradero de mi auténtica mismidad durante los años en que el intruso había ocupado mi cuerpo. La singular inteligencia y la extraña conducta de ese intruso me turbaban cada vez más, a medida que me enteraba de nuevos detalles, a través de conversaciones, periódicos y revistas.

Las rarezas que tanto habían desconcertado a los demás parecían armonizar terriblemente con ese trasfondo de conocimientos impíos que emponzoñaba los abismos de mi subconsciente. Me dediqué a investigar todos los datos y examiné escrupulosamente los estudios y los viajes efectuados por el otro durante mis años de oscuridad.

No todas mis inquietudes eran de índole especulativa. Los sueños, por ejemplo, eran cada vez más vívidos y detallados. Como sabía la opinión que merecían a la mayor parte de la gente, raras veces los mencionaba, excepto a mi hijo o a algún psicólogo de mi confianza. Pero finalmente comencé un estudio científico de otros casos de amnesia, con el fin de averiguar hasta qué punto las visiones que yo padecía eran características de esa afección. Con ayuda de psicólogos, historiadores, antropólogos y especialistas en enfermedades mentales, realicé un estudio exhaustivo que comprendía todos los casos de desdoblamiento de la personalidad recogidos en la literatura médica desde los tiempos de los endemoniados hasta el momento actual; pero los resultados, más que consolarme, me inquietaron doblemente.

No tardé mucho tiempo en comprobar que mis sueños diferían radicalmente de los que solían darse en los casos auténticos de amnesia. No obstante, descubrimos unos pocos casos que me tuvieron desconcertado durante años por su semejanza con mi propia experiencia. Algunos no eran más que relatos fragmentarios de antiguas historias populares; otros eran casos registrados en los anales de la medicina. En una o dos ocasiones, se trataba únicamente de confusas referencias entremezcladas con historias bastante vulgares por lo demás.

De este modo averiguamos que, pese a la rareza de mi afección, se habían presentado casos análogos, a largos intervalos, desde los mismos orígenes de la historia. A veces, en un periodo de varios siglos se presentaban uno, dos y hasta tres casos; a veces, no se presentaba ninguno. Al menos, ninguno de que quedase constancia.

En esencia, se trataba siempre de lo mismo: una persona de alto nivel intelectual se veía dominada por una segunda naturaleza que le obligaba a llevar, durante un periodo más o menos largo, una existencia absolutamente extraña, caracterizada al principio por una torpeza verbal y motora, y más tarde por la adquisición masiva de conocimientos científicos, históricos, artísticos y antropológicos. Este aprendizaje se llevaba a cabo con un entusiasmo febril y denotaba una prodigiosa capacidad de asimilación. Luego, el sujeto regresaba a su propia personalidad, que, en lo sucesivo, se veía atormentada por unos sueños vagos, indeterminados, en los que latían recuerdos fragmentarios de algo espantoso que había sido borrado de su mente.

La enorme semejanza de aquellas pesadillas con la mía —incluso en algunos detalles insignificantes— no dejaba lugar a dudas sobre su íntima relación. En dos de aquellos casos por los menos, se daban ciertas circunstancias que me resultaban familiares, como si, a través de algún medio cósmico inimaginable, hubiera tenido noticia de ellos. En otros, se mencionaba claramente un desconocido artefacto, idéntico al que había estado en mi casa antes de mi regreso a la normalidad.

Otra cosa que llegó a preocuparme durante la investigación fue la frecuencia con que ciertas personas no afectadas por dicha enfermedad sufrían parecida clase de pesadillas. Estas últimas personas eran mayormente de inteligencia mediocre o inferior, y algunas tan primitivas, que no se las podía considerar como vectores aptos para la adquisición de una ciencia y unos conocimientos preternaturales. Durante un segundo, se veían inflamados por una fuerza ajena; pero en seguida volvían a su estado anterior, quedándoles apenas un recuerdo débil, evanescente, de horrores inhumanos.

En los últimos cincuenta años se habían presentado por lo menos tres casos de estos. Uno de ellos hace tan sólo quince años. ¿Acaso se trataba de una entidad desconocida que tanteaba a ciegas, a través del tiempo, desde el fondo de algún abismo insospechado de la naturaleza? En tal caso, ¿no serían estos casos las manifestaciones de unos experimentos monstruosos, cuyo objetivo era preferible ignorar para no perder la razón? Estas eran las fantásticas divagaciones a las que me entregaba continuamente, excitado por las diversas creencias míticas que iba descubriendo en el curso de mis investigaciones. No cabía duda, pues, de que había determinadas historias —persistentes desde la más remota antigüedad y desconocidas, al parecer, tanto por las víctimas de amnesia como por los médicos que habían estudiado sus casos más recientes— que formaban como un plan asombroso y terrible destinado a raptar la mente de los hombres, como había ocurrido en mi caso. Aún ahora tengo miedo de referir la naturaleza de esos sueños, y las ideas que me asaltaban con mayor intensidad cada vez. Era de locura. A veces creía que, de verdad, me estaba volviendo loco. ¿Acaso era víctima de algún tipo de alucinación que afectaba a los que habían sufrido una laguna en la memoria? En ese caso no sería del todo inverosímil que el subconsciente, en un esfuerzo por llenar un vacío confuso con pseudorecuerdos, diera lugar a extravagantes aberraciones de la imaginación.

Aunque yo me inclinaba más bien por una interpretación basada en los mitos populares, las teorías basadas en dichos esfuerzos del subconsciente gozaban de mayor preponderancia entre los alienistas que me ayudaban en mi búsqueda de casos similares al mío, y que compartieron mi asombro ante el exacto paralelismo que solíamos descubrir.

Para los psiquiatras mi estado no podía diagnosticarse como verdadera enfermedad mental, sino más bien como trastorno neurótico. De acuerdo con las normas psicológicas más científicas, alentaron todo intento por mi parte de buscar datos que aportaran alguna luz en este asunto, en vez de pretender inútilmente soslayarlo, yo tenía en cuenta, especialmente, la opinión de aquellos médicos que me habían estudiado durante el tiempo que estuve dominado por la otra personalidad.

Mis primeros trastornos no fueron de índole visual, sino que se relacionaban con las cuestiones abstractas que ya he mencionado. Y experimenté, también al principio, un sentimiento vago y profundo de inexplicable horror: consistía en una extraña aversión a contemplar mi propia figura, como si temiese que mis ojos fueran a descubrir algo ajeno e inconcebiblemente repugnante.

Cuando por fin me atrevía a mirarme, y percibía mi figura humana y familiar, sentía invariablemente un raro alivio. Pero para lograr ese descanso tenía que vencer primero un miedo infinito. Evitaba los espejos por sistema, y me afeitaba en la barbería.

Pasé mucho tiempo sin relacionar estos sentimientos inquietantes con las visiones fugaces que pronto comenzaron a asaltarme cada vez más, y la primera vez que lo hice, fue con motivo de la extraña sensación que tenía de que mi memoria había sido alterada artificialmente.

Tenía la convicción de que tales visiones poseían un significado profundo y terrible para mí, pero era como si una influencia externa y deliberada me impidiese captar ese significado. Luego, empecé a sentir esas anomalías en la percepción del tiempo, y me esforcé desesperadamente por situar mis visiones oníricas en sus correspondientes coordenadas tempo-espaciales.

Al principio, más que horribles, las visiones propiamente dichas eran meramente extrañas. En ellas, me hallaba en una cámara abovedada cuyas elevadísimas arquivoltas de piedra casi se perdían entre las sombras de las alturas. Cualquiera que fuese la época o lugar en que se desarrollaba la escena, era evidente que los constructores de aquella cámara conocían tanta arquitectura, por lo menos, como los romanos.

Había ventanales inmensos y redondos, puertas rematadas en arco y pedestales o altares tan altos como una habitación ordinaria. Sobre los muros se alineaban vastos estantes de madera oscura, con enormes volúmenes que mostraban incomprensibles descripciones jeroglíficas en sus lomos.

En su parte visible, los muros estaban construidos con bloques en los que había esculpidas unas figuras curvilíneas, de diseño matemático, e inscripciones análogas a las que mostraban los enormes libros. La sillería, de granito oscuro, era de proporciones megalíticas. Los sillares estaban tallados de forma que la cara superior, convexa, encajaba en la cara cóncava inferior de los que descansaban encima. No había sillas, pero sobre los inmensos pedestales o altares había libros esparramados, papeles, y ciertos objetos que tal vez fuesen material de escritorio: un recipiente de metal purpúreo, curiosamente adornado, y unas varas con la punta manchada. A pesar de la gran altura de dichos pedestales, sin saber cómo, los veía yo desde arriba. Algunos de ellos tenían encima grandes globos de cristal luminoso que servían de lámparas, y artefactos incomprensibles, construidos con tubos de vidrio y varillas de metal.

Las ventanas, acristaladas, estaban protegidas por un enrejado de aspecto sólido. Aunque no me atreví a asomarme por ellas, desde donde me encontraba podía divisar macizos ondulantes de una singular vegetación parecida a los helechos. El suelo era de enormes losas octogonales. No había ni cortinajes ni alfombras.

Más adelante tuve otras visiones. Atravesaba por ciclópeos corredores de piedra, y subía y bajaba por inmensos planos inclinados, construidos con idéntica y gigantesca sillería. No había escaleras por parte alguna, ni pasadizo que no tuviera menos de diez metros de ancho. Algunos de los edificios, en cuyo interior me parecía flotar, debían de tener una altura prodigiosa. 

Bajo tierra había, también, numerosas plantas superpuestas, y trampas de piedra, selladas con flejes de metal, que hacían pensar en bóvedas aún más profundas, donde acaso moraba un peligro mortal. En tales visiones tenía la sensación de hallarme prisionero, y en torno a mí flotaba un horror desconocido. Me daba la impresión de que los burlescos jeroglíficos curvilíneos de los muros habrían significado la perdición de mi espíritu, de haberlos sabido interpretar.

Luego, andando el tiempo, empecé a soñar con grandes espacios abiertos. Desde los ventanales redondos y desde la gigantesca terraza del edificio, contemplaba extraños jardines, y una enorme extensión árida, con una alta muralla ondulada, a la que conducía una rampa más elevada que las demás.

A uno y otro lado de las vastas avenidas, que medirían unos setenta metros de anchura, se aglomeraba un sinfín de edificios gigantescos, cada uno de los cuales poseía su propio jardín. Estos edificios eran de aspecto muy variado, pero casi ninguno de ellos tenía menos de trescientos metros de alto, ni más de sesenta metros cuadrados de superficie. Algunos parecían realmente ilimitados; sus fachadas superaban sin duda los mil metros de altura, perdiéndose en los cielos brumosos y grises.

Todas las construcciones eran de piedra o de hormigón, y la mayor parte de ellas pertenecía al mismo estilo arquitectónico curvilíneo del edificio donde me encontraba yo. En vez de tejado, tenían terrazas planas cubiertas de jardines y rodeadas de antepechos ondulados. Algunas veces las terrazas eran escalonadas, y otras, quedaban grandes espacios abiertos entre los jardines. En las enormes avenidas me pareció vislumbrar cierto movimiento, pero en mis primeras visiones me fue imposible precisar de qué se trataba.

En determinados parajes llegué a descubrir unas torres enormes, oscuras, cilíndricas, que se elevaban muy por encima de cualquier otro edificio. Su aspecto las distinguía radicalmente del resto de las construcciones. Se hallaban en ruinas y, a juzgar por ciertas señales, debían ser prodigiosamente antiguas. Estaban construidas con bloques rectangulares de basalto, y en su extremo superior eran ligeramente más estrechas que en la base. Aparte de sus puertas grandiosas, no se veía el menor rastro de ventana o abertura. Asimismo, observé que había otros edificios más bajos, todos ellos desmoronados por la acción erosiva de un tiempo incalculable, que parecían una versión arcaica y rudimentaria de las enormes torres cilíndricas. En torno a todo este conjunto ciclópeo de edificios de sillería rectangular, se cernía un inexplicable halo de amenaza, análogo al que envolvía a las trampas selladas.

Los jardines eran tan extraños que casi causaban pavor. En ellos crecían desconocidas formas vegetales que sombreaban amplios senderos flanqueados por monolitos cubiertos de bajorrelieves. Predominaba una vegetación criptógama que recordaba a una especie de helechos descomunales, unos verdes y otros de un color pálido enfermizo, como los hongos.

Entre ellos se alzaban unos árboles inmensos y espectrales que parecían calamites, y cuyos troncos, semejantes a cañas de bambú, alcanzaban alturas increíbles. También había otros empenachados, como cicas fabulosas, y arbustos grotescos de color verde oscuro, y otros mayores que, por su aspecto, podrían tomarse por coníferas.

Las flores eran pequeñas y descoloridas, distintas de cualquier especie conocida, y se abrían entre el verdor de los amplios macizos geométricos. En unas cuantas terrazas o jardines colgantes se veían otras especies de flores, mucho más grandes, de vivos colores y formas mórbidas y complicadas, producto, seguramente, de sabias hibridaciones artificiales. Y había ciertos hongos de formas, dimensiones y matices inconcebibles, cuya disposición ornamental ponía de manifiesto la existencia de una desconocida, pero indiscutible tradición jardinera. En los grandes parques parecía como si se hubiese procurado conservar las formas irregulares y caprichosas de la naturaleza. En las azoteas, en cambio, se hacía patente el arte del podador.

El cielo estaba casi siempre húmedo y plomizo, y algunas veces presencié lluvias torrenciales. De cuando en cuando, no obstante, aparecían fugazmente el sol —un sol inmenso— y la luna, que era distinta de la nuestra, aunque nunca llegué a apreciar en qué consistía la diferencia. De noche, rara vez se despejaba el cielo lo suficiente para dejar a la vista las constelaciones, pero cuando esto sucedió, me resultaron casi totalmente irreconocibles. Sus contornos recordaban a veces los de las nuestras, pero no eran iguales. A juzgar por la posición de unas pocas que logré situar, debía hallarme en el hemisferio sur de la tierra, no muy lejos del Trópico de Capricornio.El horizonte se veía siempre brumoso, como envuelto en nieblas fantásticas, pero pude vislumbrar que, más allá de la ciudad, se extendían selvas de árboles desconocidos —Calamites, Lepidodendros, Sigillarias—, que, en la lejanía, parecían temblar engañosamente entre los vapores cambiantes del horizonte. De cuando en cuando, me parecía ver algún movimiento en el cielo, pero en mis primeras visiones no llegué nunca a determinar de qué se trataba.

En el otoño de 1914 empecé a soñar que flotaba por encima de la ciudad y sus alrededores. Así descubrí que los temibles bosques de árboles manchados, rayados o jaspeados como animales, eran atravesados por larguísimas carreteras que, en ocasiones, conducían a otras ciudades parecidas a la que me obsesionaba en mis sueños.

Vi también edificios fantásticos y lúgubres, de piedra negra o iridiscente, situados en regiones yermas donde reinaba un perpetuo crepúsculo, y volé sobre unas calzadas ciclópeas que atravesaban pantanos tan oscuros que apenas podía distinguir medianamente su vegetación húmeda y gigantesca.

Una vez pasé por una inmensa llanura salpicada de ruinas de basalto, erosionadas por el tiempo, y cuyo trazado recordaba el de las oscuras torres sin ventanas de la ciudad que era mi verdadera obsesión. En otra oportunidad, al pie de una ciudad inmensa de cúpulas y arcos fabulosos, batiendo contra un muelle de rocas colosales, contemplé la mar ilimitada y gris, sobre la cual se movían grandes sombras informes y cuya superficie se enturbiaba con inquietantes burbujas.

martes, 27 de abril de 2021

Invocación a Lucifer

 LUCIFER

Llamo al portador de luz y conocimiento

Patrono del auto empoderamiento

Enciende la llama negra en mi interior

Te llamo tú que eclipsas con tu brillo a las estrellas más brillantes

Se mi musa, mi inspiración en este sendero

Guía mis pasos con firmeza

Muéstrame el esplendor de tu gloria

Y ayúdame a manifestar lo mi deseo sobre la tierra

Salve Lumial– Praecellens Divus Ex Mavethol

Renich Tasa Uberaca Biasa Icar Lucifer

Ilumíname oh poderoso Lucifer

Quema toda duda y debilidad de mi ser

Destruye todo obstáculo que impida mi acenso a la cúspide humana

*Med-Orth + Lucifero + Lumiel + Helel ben Shachar + Lucibel + Asturel +

Aggelos Phos + Liftoach Qliphoth + Liftoach Pandemonium

¡Como he hablado que asi sea!



*Cantos mágicos extraídos del blog de V.K. Jehannum visita su blog aquí 




lunes, 26 de abril de 2021

EL CASO DE CHARLES DEXTER WARD, H. P. LOVECRAFT

 UN RESULTADO Y UN PRÓLOGO
 1



No hace mucho que desapareció de un hospital privado para enfermos mentales cercano a Providence, Rhode Island, un individuo muy peculiar. Atendía al nombre de Charles Dexter Ward, y fue internado allí muy a su pesar por su afligido padre, que había visto cómo su enajenación pasaba de ser una mera excentricidad a una siniestra manía que implicaba tanto la posibilidad de tendencias homicidas como un profundo y extraño cambio en el aparente contenido de su imaginación. Los médicos admiten su considerable desconcierto ante el caso, puesto que ofrecía anomalías generales de carácter fisiológico y psicológico. En primer lugar, el paciente parecía extrañamente mayor de lo que correspondería a sus veintiséis años. Es cierto que el desequilibrio mental acelera el envejecimiento; pero el rostro de este joven había adoptado un matiz que por norma general sólo adquieren los muy ancianos. En segundo lugar, sus funciones orgánicas mostraban unas extrañas proporciones sin parangón en la práctica médica. La respiración y el ritmo cardíaco manifestaban una sorprendente falta de simetría; había perdido la voz y no podía emitir sonidos por encima de un susurro; la digestión era increíblemente prolongada y estaba reducida al mínimo, y las reacciones neurológicas a los estímulos normales no guardaban relación alguna con ningún registro conocido, ni normal ni patológico. La piel tenía una sequedad y una frialdad enfermizas, y la estructura celular del tejido parecía exageradamente tosca e inconexa. Incluso había desaparecido una gran marca de nacimiento de color oliváceo de la cadera derecha y en cambio se le había formado en el pecho un lunar o mancha negruzca muy característica y que no tenía antes. En general, todos los médicos coinciden en que los procesos metabólicos de Ward se habían ralentizado de manera inaudita.

Psicológicamente, Charles Ward también era único. Su demencia no guardaba afinidad con ninguna de las recogidas en los tratados más modernos y exhaustivos, y se combinaba con unos poderes mentales que lo habrían convertido en un genio o en un líder si no se hubiesen pervertido y adoptado formas grotescas y extrañas. El doctor Willett, el médico de la familia Ward, afirma que, a juzgar por sus respuestas a preguntas al margen de la esfera de su locura, su capacidad intelectual había aumentado desde el ataque. Es cierto que Ward siempre había sido un erudito y estudioso de la Antigüedad, pero ni siquiera sus obras tempranas más brillantes exhiben la prodigiosa comprensión y profundidad demostradas durante los últimos reconocimientos llevados a cabo por los médicos. De hecho, tan lúcido y poderoso parecía el juicio del joven, que costó mucho conseguir una autorización legal para internarlo en el hospital; y sólo las pruebas aportadas por terceros, y el peso de las numerosas y anómalas lagunas de su intelecto a pesar de su inteligencia, permitieron por fin su internamiento. Hasta el momento mismo de su desaparición fue un lector insaciable y tan gran conversador como lo permitía su exigua voz; los observadores más avezados, que no supieron prever su fuga, predecían que no tardaría en dejar de estar bajo custodia.

Sólo el doctor Willett, que había traído a Charles Ward al mundo y había visto crecer su cuerpo y su espíritu desde entonces, parecía asustado al pensar en su futura libertad. Había pasado por una vivencia terrible y realizado un descubrimiento no menos terrible que no se atrevía a revelar a sus escépticos colegas. De hecho, la relación de Willett con el caso supone también un pequeño misterio. Fue el último en ver al paciente antes de su fuga, y salió de aquella última conversación sumido en una mezcla de horror y alivio que muchos recordaron cuando supieron de la fuga de Ward tres horas más tarde. La fuga misma es otro de los enigmas sin resolver del hospital del doctor Waite. Una ventana abierta a diez metros del suelo difícilmente puede considerarse una explicación, y no obstante es innegable que tras la charla con Willett el joven había desaparecido. El propio Willett no ha dado explicaciones públicas, aunque, curiosamente, parece más tranquilo que antes de la fuga. Lo cierto es que hay quien opina que estaría dispuesto a decir más si pensara que iban a creerle. Había visto a Ward en su habitación, pero poco después de su partida los enfermeros llamaron en vano. Cuando abrieron la puerta el paciente no estaba y sólo encontraron la ventana abierta, la fría brisa de abril y una nube de fino polvo gris azulado que a punto estuvo de asfixiarles. Es cierto que los perros estuvieron aullando un momento antes, y que luego se calmaron a pesar de que no habían cobrado ninguna pieza. Enseguida avisaron por teléfono al padre de Ward, que se mostró más triste que sorprendido. Cuando el doctor Waite le llamó personalmente, el doctor Willett había hablado ya con él y ambos negaron tener noticia o haber sido cómplices de la fuga. Sólo a través de algunos amigos íntimos del doctor Willett y de Ward padre se han conocido algunas pistas, demasiado descabelladas y fantasiosas para darles crédito. La realidad sigue siendo que hasta el momento no se ha hallado ni rastro del demente desaparecido.

Charles Ward se interesó por la Antigüedad desde niño, sin duda inspirado por la venerable ciudad en que vivía y por las reliquias del pasado que abarrotaban hasta el último rincón de la antigua mansión de sus padres en Prospect Street, en lo alto de la colina. Con los años, su devoción por las cosas antiguas aumentó; de modo que la historia, la genealogía, el estudio de la arquitectura colonial, el mobiliario y la artesanía acabaron por eclipsar a todo lo demás en su esfera de intereses. Conviene tener presentes estos gustos al considerar su demencia, pues aunque no formen su núcleo esencial, sí desempeñan un importante papel en la superficie. Las lagunas de información que llamaron la atención de los médicos se referían todas a cuestiones modernas y, tal como demostró un hábil interrogatorio, habían sido invariablemente sustituidas por un excesivo aunque disimulado conocimiento de cuestiones pasadas; de modo que daba la impresión de que el paciente se trasladara literalmente a una época anterior mediante alguna oscura forma de autohipnosis. Lo raro era que Ward no parecía preocuparse ya por las antigüedades que tan bien conocía. Por lo visto, había perdido el interés por pura familiaridad, y hacia el final todos sus esfuerzos estaban obviamente concentrados en comprender esos hechos corrientes del mundo moderno que habían sido total e inconfundiblemente suprimidos de su conciencia. Hacía todo lo posible por ocultar tal cosa, pero para cualquiera que lo observara era evidente que todas sus lecturas y conversaciones estaban inspiradas por el frenético deseo de empaparse de conocimientos sobre su propia vida y el contexto práctico y cultural corriente del siglo XX, que debería haber poseído por haber nacido en 1902 y haberse educado en las escuelas de nuestro tiempo. Ahora los médicos quisieran saber cómo, en vista de esa disparidad de datos vitales, se las arregla el fugado para sobrevivir en el complicado mundo de hoy en día; la opinión predominante es que está oculto en algún lugar modesto y sosegado hasta que pueda recobrar la información sobre la vida moderna.

Los médicos no se ponen de acuerdo sobre el inicio de la demencia de Ward. El doctor Lyman la eminente autoridad de Boston, la sitúa en 1919 o 1920, durante el último año de estancia del muchacho en la Moses Brown School, cuando abandonó de pronto el estudio del pasado para embarcarse en el estudio de lo oculto, y se negó a presentarse a los exámenes con la excusa de que tenía cosas mucho más importantes que averiguar por su cuenta. Ciertamente así lo corrobora el cambio de costumbres de Ward y sobre todo su continua búsqueda en los archivos de la ciudad y en los antiguos cementerios de cierta tumba excavada en 1771: la tumba de un antepasado llamado Joseph Curwen, algunos de cuyos documentos afirmaba haber encontrado detrás del enmaderado de una casa muy antigua en Olney Court, en Stampers’ Hill, que, según se sabe, construyó y habitó Curwen. En general, es innegable que en el invierno de 1919-1920 se produjo un gran cambio en Ward, a partir del cual interrumpió sus indagaciones históricas y se dedicó a profundizar en materias ocultas tanto aquí como en el extranjero, con la única variación de esa extraña e insistente búsqueda de la tumba de su antepasado.

No obstante, el doctor Willett discrepa sustancialmente de esta opinión, basándose en su trato constante y cercano con el paciente y en ciertas pavorosas investigaciones y descubrimientos que hizo hacia el final. Dichas investigaciones y descubrimientos le han marcado de tal modo que no puede hablar de ellos sin balbucear y le tiembla la mano cuando intenta ponerlos por escrito. Willett admite que el cambio acontecido en 1919-1920 podría señalar el inicio de una progresiva decadencia que culminó en la horrible y extraña enajenación de 1928, pero apunta que sus observaciones personales le obligan a hacer más distinciones. Aunque admite sin reparos que el muchacho siempre fue de temperamento inestable, y con tendencia al entusiasmo exagerado en su respuesta a los fenómenos que le rodeaban, se niega a aceptar que la primera alteración señalara el verdadero paso de la cordura a la demencia, y la atribuye en cambio a la propia afirmación de Ward de que había descubierto o redescubierto algo cuyo efecto en el pensamiento humano iba a ser profundo y maravilloso. Es seguroque la verdadera demencia llegó con un cambio posterior; después de que descubriera el retrato de Curwen y los documentos antiguos; de que hiciese un viaje a varios lugares desconocidos en el extranjero y entonara ciertas terribles invocaciones en circunstancias extrañas y secretas; de que recibiese ciertas respuestas a dichas invocaciones y escribiese una desquiciada carta bajo circunstancias inexplicables y angustiosas; de la oleada de vampirismo y de las inquietantes habladurías de Pawtuxet, y de que la memoria del paciente empezara a excluir imágenes contemporáneas al tiempo que su voz se iba debilitando y su aspecto físico sufría las sutiles modificaciones que muchos notaron posteriormente.

Sólo entonces, apunta con agudeza el doctor Willett, los rasgos de pesadilla quedaron indudablemente ligados a Ward; y el médico asegura con un escalofrío que hay pruebas lo bastante sólidas para corroborar la afirmación del joven respecto a su crucial descubrimiento. En primer lugar, dos operarios de notable inteligencia vieron los antiguos documentos de Joseph Curwen, el muchacho mostró en una ocasión dichos documentos y una página del diario de Curwen al doctor Willett, y todos y cada uno de ellos parecían auténticos. El hueco en que Ward afirmaba haberlos encontrado era una realidad palpable y Willett tuvo ocasión de hojearlos por última vez en un lugar apenas creíble y cuya existencia es probable que jamás pueda demostrarse. Por otro lado, hay que tener en cuenta las coincidencias y los enigmas de las cartas de Orne y Hutchinson, la cuestión de la caligrafía de Curwen y lo que descubrieron los detectives sobre el doctor Allen; y a todo eso hay que añadir el terrible mensaje en letras minúsculas medievales hallado en el bolsillo de Willett cuando recobró el sentido tras su pavorosa vivencia.

Y lo más concluyente de todo son los espantosos resultados que obtuvo el doctor de cierto par de fórmulas en el curso de sus últimas investigaciones, resultados que prácticamente demostraron la autenticidad de los documentos y de sus monstruosas implicaciones, al tiempo que los arrancaron para siempre del conocimiento humano.


H. P. LOVECRAFT, LA SOMBRA FUERA DEL TIEMPO

 PARTE 1



Después de veintidós años de pesadillas y terrores, de aferrarme desesperadamente a la convicción de que todo ha sido un engaño de mi cerebro enfebrecido, no me siento con ánimos de asegurar que sea cierto lo que descubrí la noche del 17 al 18 de julio de 1935, en Australia Occidental.

Hay motivos para abrigar la esperanza de que mi experiencia haya sido, al menos en parte, una alucinación, desde luego justificada por las circunstancias. No obstante, la impresión de realidad fue tan terrible, que a veces pienso que es vana esa esperanza. Si no he sido víctima de una alucinación, la humanidad deberá estar dispuesta a aceptar un nuevo enfoque científico sobre la realidad del cosmos, y sobre el lugar que corresponde al hombre en el loco torbellino del tiempo.

Deberá también ponerse en guardia contra un peligro que la amenaza. Aunque este peligro no aniquilará la raza entera, acaso origine monstruosos e insospechados horrores en sus espíritus más intrépidos. Por esta última razón exijo vivamente que se abandone todo proyecto de desenterrar las ruinas misteriosas y primitivas que se proponía investigar mi expedición.

Sí, efectivamente, me encontraba despierto y en mis cabales, puedo afirmar que ningún hombre ha vivido jamás nada parecido a lo que experimenté aquella noche, lo cual, además, constituía una terrible confirmación de todo lo que había intentado desechar como pura fantasía. Afortunadamente no hay prueba alguna, toda vez que, en mi terror, perdí el objeto que —de haber logrado sacarlo de aquel abismo— habría constituido una prueba irrefutable. Cuando me enfrenté con aquel horror estaba solo, y hasta la fecha no lo he relatado a nadie. No pude impedir que los demás continuasen excavando endirección a tal objeto, pero la suerte y la arena evitaron accidentalmente que lo encontraran. Ahora debo hacer una relación completa de los hechos, no sólo en beneficio de mi propio equilibrio mental, sino como advertencia para todos los lectores serios.

 

Estas páginas, muchas de las cuales —las primeras sobre todo— resultarán familiares al lector asiduo de la prensa general y científica, están escritas en el camarote del barco que me trae de regreso a casa. Se las entregaré a mi hijo, el profesor Wingate Peaslee, de la Universidad del Miskatonic, único miembro de mi familia que ha permanecido a mi lado durante la extraña amnesia que me afectó durante tanto tiempo y la persona más al tanto de las circunstancias y detalles que concurrieron en mi caso. De todo el mundo, probablemente será él quien menos se burle de lo que voy a contar sobre aquella noche fatal. No le he dicho nada antes de embarcar, porque pienso que es mejor para él revelárselo por escrito. Leyendo y releyendo estas páginas con calma, podrá formarse una idea mucho más exacta y convincente que la que podría proporcionarle en cuatro palabras atropelladas.

Que él haga de este relato lo que crea más conveniente; no me importa que lo dé a conocer, con las debidas aclaraciones, en donde más convenga. Teniendo en cuenta, pues, que quienes lleguen a leerlo pueden no estar al corriente de la fase inicial de mi caso, he hecho un resumen bastante detallado de los antecedentes. 

Me llamo Nathaniel Wingate Peaslee, y quienes recuerden mis artículos periodísticos de hace unos quince años —o los artículos, y cartas que publiqué en revistas de psicología hace un par de lustros— sabrán quién soy. En la prensa aparecieron muchos detalles acerca de la extraña amnesia que me sobrevino entre 1908 y 1913, amnesia que fue relacionada en gran parte con las horrendas tradiciones de brujería existentes en la pagana ciudad de Arkham, Massachusetts que, como ahora, constituía entonces mi lugar de residencia. Con todo, me habría gustado saber si no hubo algún elemento de locura hereditaria en los primeros años de mi vida. Este es un hecho de enorme importancia para mí, ya que si no hubo tal cosa, la sombra de horror que se abatió sobre mí procedía irremisiblemente del exterior.

Puede que los pasados siglos de tinieblas hayan hecho a la ruinosa ciudad de Arkham particularmente vulnerable a ciertas amenazas preternaturales; pero parece dudoso, a la luz de los distintos casos que posteriormente tuve ocasión de estudiar. Sin embargo, hasta donde he podido indagar, mis antecedentes familiares son normales por completo. Lo que sobre mí se abatió provenía del exterior, estoy persuadido de ello, pero aún no me atrevo a afirmar de dónde.

Soy hijo de Jonathan Peaslee y de Hannah Wingate, ambos procedentes de antiguas y sanas familias de Haverhill. He nacido y me he criado en Haverhill —en la vieja mansión de Boardman Street, cerca de Golden Hill— y no fui a Arkham hasta 1895, año en que ingresé en la Universidad del Miskatonic como auxiliar de economía política. Durante los trece años que siguieron, mi vida transcurrió apacible y feliz. En 1896, me casé con Alicia Keezer, natural de Haverhill, y mis tres hijos, Robert, Wingate y Hannah, nacieron en 1898, 1900 y 1903, respectivamente. En 1898 fui ascendido a profesor adjunto y, en 1902, a catedrático. En ninguna ocasión sentí el menor interés por el ocultismo o la psicología patológica. 

La extraña crisis de amnesia me sobrevino un jueves, el 14 de mayo de 1908. Su comienzo fue completamente repentino, aunque más tarde recordé ciertas visiones breves y caóticas que me habían turbado en gran manera horas antes, y que sin duda constituían los síntomas premonitorios. Sentía, además, fuertes dolores de cabeza, y una extraña sensación, totalmente nueva para mí: era como si alguien tratara de apoderarse de mis pensamientos. La cosa me ocurrió a eso de las diez y veinte de la mañana, mientras dictaba una clase de historia y tendencias actuales de la economía política ante numerosos alumnos de tercer año y unos pocos de segundo. Empecé por ver extrañas formas danzantes y a sentir que me encontraba en una habitación desconocida que no era el aula de la Universidad.

Mis pensamientos y discurso se desviaron del tema, y los estudiantes comprendieron que algo grave me ocurría. Entonces, sentado donde estaba, me sumí en un estupor del que nadie podría sacarme. Pasaron cinco años, cuatro meses y trece días, antes de recobrar el uso de mis facultades. Lo que voy a relatar a continuación, como es natural, lo he sabido a través de otras personas. Permanecí en un coma profundo por espacio de dieciséis horas y media, a pesar de ser trasladado a mi casa, Crane Street 27, y de prestárseme una magnífica asistencia médica.

A las tres de la madrugada del día 15 de mayo, abrí los ojos y comencé a hablar; pero el médico y mi familia no tardaron en alarmarse vivamente por el cambio de mi expresión y mi lenguaje. Estaba claro que yo no recordaba mi identidad ni mi pasado, aunque por alguna razón, parecía como si yo pretendiera ocultar esta inmensa laguna de mi memoria. Mi mirada expresaba extrañeza al contemplar a las personas que me rodeaban, y mis músculos faciales ejecutaban gestos desconocidos por completo. Incluso mi habla parecía torpe y extraña. Empleaba mis órganos vocales de modo torpe y vacilante, y mi dicción tenía un tono curioso, como si pronunciase trabajosamente un idioma aprendido en los libros. Mi acento era bárbaro, como el de un extranjero, y mi lenguaje abundaba en arcaísmos y expresiones gramaticalmente incomprensibles.

Unos veinte años después, el más joven de los médicos tuvo ocasión de recordar, impresionado y hasta con cierto horror, una de aquellas extrañas frases mías. Pues últimamente la misma frase que entonces pronuncié ha comenzado a ponerse de moda, primero en Inglaterra y luego en Estados Unidos. A pesar de tratarse de una expresión rebuscada e indiscutiblemente nueva, reproduce hasta en sus más nimios pormenores las mismas palabras del extraño paciente que fui en 1908. Después del ataque no tardé en recobrar la fuerza física, aunque hube de necesitar numerosas sesiones de reeducación antes de lograr emplear coordinadamente mis manos, piernas y aparato locomotor en general. A causa de este y otros obstáculos inherentes a mi cuadro amnésico, estuve sometido durante largo tiempo a rigurosos cuidados médicos. Cuando observé que habían fracasado mis intentos por ocultar la falta de memoria, lo admití abiertamente, y me mostré ansioso de recibir toda clase de información. En efecto, los médicos pudieron comprobar que yo llegué a perder todo interés por mi propia persona tan pronto como me di cuenta de que el caso de amnesia era aceptado como cosa natural.

Observaron que mi máximo interés se orientaba hacia determinadas cuestiones de la historia, de la ciencia, del arte, del lenguaje y de las tradiciones populares —algunas tremendamente oscuras y otras de una simpleza pueril— que, en la mayoría de los casos, yo desconocía por completo. Al mismo tiempo observaron que poseía ciertos conocimientos asombrosos, muchos de ellos casi ignorados por la ciencia. Pero, al parecer, yotrataba de ocultarlos, en vez de exhibirlos. En ocasiones aludía, inadvertidamente y con seguridad inusitada, a acontecimientos ocurridos en edades oscuras, muy anteriores a todos los ciclos aceptados por la historia. Pero al ver la sorpresa que producían, trataba de hacer pasar mis alusiones por una broma. Y mi manera de referirme al futuro causó pavor más de una vez.

Pronto dejé de manifestar esos misteriosos destellos de asombroso saber. Algunos observadores los atribuyeron a una hipócrita reserva por mi parte, más que a una disminución de los excepcionales conocimientos que se vislumbraban tras de mis palabras. Por otra parte, se mantenía mi desmesurada avidez por asimilar la lengua, las costumbres y las perspectivas del mundo en el futuro. Era como si yo fuese un investigador, venido de tierras remotas y extrañas. En cuanto me lo autorizaron comencé a frecuentar asiduamente la biblioteca de la Universidad. Poco después inicié los preparativos de aquellos viajes extraordinarios y aquellos cursos especiales que di en diversas universidades americanas y europeas, que tantos comentarios provocaron a continuación.

En ningún momento perdí contacto con sabios y eruditos, aprovechando que mi caso gozaba de alguna celebridad entre los psicólogos de aquel tiempo. En varias conferencias fui presentado como un caso típico de desdoblamiento de la personalidad, a pesar de que, de vez en cuando, sorprendía a los conferenciantes con algunos síntomas inexplicables o con cierta sombra de ironía cuidadosamente velada. No obstante, casi nadie me demostró simpatía o afecto. Había algo en mi aspecto y en mi manera de hablar, que suscitaba temor y aversión en aquellos con quienes me relacionaba. Era como si yo fuese un ser infinitamente alejado de todo lo equilibrado y normal. Mi presencia les producía una vaga sensación que les hacía pensar en abismos incalculables de distancia. Ni siquiera mi propia familia constituía una excepción. Desde el momento en que me recobré del colapso, mi mujer me miró con extremada aversión y horror, jurando que yo era un desconocido que usurpaba el cuerpo de su marido. En 1910, obtuvo el divorcio judicial, y no consintió en verme ni aun después de haber vuelto a la normalidad, en 1913. Estos sentimientos eran compartidos por mi hijo mayor y mi hija pequeña; desde entonces, no he vuelto a ver a ninguno de ellos.

Sólo mi hijo segundo, Wingate, fue capaz de vencer el terror y la repugnancia que mi cambio despertaba. Se daba cuenta, indudablemente, de que yo era un extraño. Pero, aunque tenía ocho años de edad, mantuvo la firme confianza de que al fin recobraría mi propia identidad. Cuando esto sucedió, vino a buscarme, y los tribunales me confiaron su custodia. Durante los años subsiguientes, me ayudó en los estudios que emprendí, y hoy, con sus treinta y cinco años, es profesor de psicología de la Universidad de Miskatonic. Pero, en verdad, no me sorprende el horror que provocaba a los demás…

Efectivamente, el espíritu, la voz y la expresión del semblante del ser que despertó el 15 de mayo de 1908, no eran de Nathaniel Wingate Peaslee. No pretendo extenderme hablando de mi vida entre 1908 y 1913, ya que los lectores pueden averiguar los pormenores de mi caso consultando —como he tenido que hacer yo mismo— las columnas de periódicos y revistas científicas de esa época. Cuando se me autorizó a disponer de mis propios recursos económicos, me dediqué a viajar y a estudiar en diversos centros culturales. Mis viajes, no obstante, eran en extremo singulares, ya que a menudo suponían prolongadas estancias en parajes remotos y desolados.

En 1909 pasé un mes en el Himalaya. En 1911 llamé la atención sobremanera a causa de la expedición que emprendí, en camello, a los ignorados desiertos de Arabia. Nunca he conseguido saber qué sucedía en aquellos viajes. Durante el verano de 1912 fleté un barco y zarpé con rumbo al Ártico,hasta el norte de archipiélago de Spitzberg. A mi regreso di muestras de decepción. A finales de ese mismo año pasé unas semanas solo, adentrándome por el vasto sistema de cavernas de Virginia occidental, por sus negros laberintos, más allá de donde haya alcanzado jamás la huella del hombre. Nadie se ha atrevido después a repetir esta hazaña. Mis estancias en las universidades se caracterizaban por una asimilación de conocimientos anormalmente rápida, como si mi segunda personalidad tuviera una inteligencia enormemente superior a la mía propia. He descubierto también que mis capacidades de lectura y de estudio eran extraordinarias. Me bastaba con hojear un libro para dominarlo a fondo. Mi habilidad para interpretar figuras complicadas en un instante, era verdaderamente asombrosa.

En ocasiones se llegó a rumorear que yo poseía el poder de influir sobre el pensamiento y la voluntad de los demás, aunque por lo visto, procuraba yo disimular esta facultad. También se habló de mis relaciones con los dirigentes de diversas sectas ocultistas y con eruditos sospechosos de mantener dudosos contactos con los hierofantes de cultos abominables tan antiguos como el mundo. Estos rumores, cuyo fundamento no se pudo demostrar entonces, se veían alentados por la conocida temática de mis lecturas, puesto que en las bibliotecas no se pueden consultar libros raros sin que trascienda el secreto. Hay pruebas palpables —mis anotaciones marginales— de que estudié a conciencia libros tales como el Cultes de Goules del conde d’Erlette, De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, el Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, los fragmentos que se conservan del enigmático Libro de Eibon, y el terrible Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred. Y es innegable, además, que durante el tiempo de mi sorprendente cambio, renació una perversa actividad en numerosos cultos secretos.

En el verano de 1913 comencé a dar muestras de aburrimiento y desinterés, e insinué a varias personas que cabía esperar en mí un pronto cambio. Les dije que volvían a mí algunos recuerdos de mi vida anterior, pero me juzgaron insincero, considerando que todos los detalles que yo mencionaba podían proceder de mis antiguas notas personales. Hacia mediados de agosto regresé a Arkham y abrí mi casa de Crane Street, cerrada durante todo este tiempo. Instalé allí un artefacto de raro aspecto, cuyas piezas habían sido construidas por diferentes fabricantes americanos y europeos de aparatos de precisión, y lo mantuve celosamente oculto de toda persona inteligente que pudiera comprender de qué se trataba. Los pocos que llegaron a verlo —un obrero, una sirvienta y la nueva ama de llaves— decían que era como un armazón de varillas, ruedas y espejos. Tenía unos sesenta centímetros de alto, treinta de ancho y otros treinta de espesor. En el centro tenía instalado un espejo circular convexo. Todo esto ha sido confirmado por los fabricantes de las distintas piezas. La noche del viernes 26 de septiembre despedí al ama de llaves y a la criada hasta el mediodía del día siguiente. Las luces de la casa permanecieron encendidas hasta muy tarde. Un hombre flaco, moreno, de aspecto extranjero,llegó en un automóvil y entró.

Era alrededor de la una, cuando se apagaron las luces. A las dos y cuarto, un policía que pasaba por allí observó que reinaba la tranquilidad más completa. El auto del extranjero seguía estacionado junto a la acera. Pero a eso de las cuatro ya no estaba allí. A las seis de la mañana una voz titubeante y exótica pidió por teléfono al doctor Wilson que viniese a mi casa para sacarme del extraño estado letárgico en que había caído. Esta llamada —hecha desde larga distancia— fue localizada más tarde. La efectuaron desde un teléfono público de la Estación del Norte, de Boston, pero no lograron descubrir el menor rastro del flaco extranjero.

Cuando el doctor llegó a casa me encontró inconsciente en el cuarto de estar, sentado en una butaca, ante la mesa. En su pulimentada superficie había unos arañazos que indicaban el lugar donde se había colocado un objeto de peso considerable. El extraño artefacto había desaparecido y no volvió a saberse de él. Es indudable que se lo había llevado el individuo moreno y flaco que estuvo allí.

En la chimenea de la biblioteca hallaron gran cantidad de ceniza: era todo cuanto quedaba de las anotaciones tomadas por mí durante el periodo de mi enfermedad. El doctor Wilson comprobó que mi respiración era agitada; pero después de una inyección hipodérmica, volvió a hacerse regular. A las once y cuarto de la mañana del día 27 de septiembre experimenté violentas sacudidas, y mi semblante, hasta entonces rígida como una máscara, comenzó a dar muestras de cierta expresividad. El doctor Wilson advirtió que aquella expresión no correspondía ya a mi segunda personalidad. Más bien parecía como si recobrara mi identidad primitiva. Alrededor de las once y media murmuré unas cuantas palabras incomprensibles, sin relación alguna con ningún lenguaje humano. Daba la sensación de que me revolvía contra algo. Luego, justo después de mediodía, cuando ya habían regresado el ama de llaves y la criada, empecé a decir en inglés: —… De los economistas ortodoxos de ese periodo, Jevons representa la tendencia predominante a establecer correlaciones científicas. Su intento de relacionar el ciclo económico de prosperidad y crisis con el ciclo físico de las manchas solares constituye, sin embargo, la cúspide de…Nathaniel Wingate Peaslee había regresado; según su tiempo vital todavía se hallaba en una mañana de 1908, ante sus alumnos de economía política que le escuchaban con atención.

EDGAR ALLAN POE, EL POZO Y EL PÉNDULO

 

El pozo y el péndulo

Impia tortorum longas hic turba furores

Sanguina innocui, nao satiata, aluit.

Sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro,

Mors ubi dira fuit vita salusque patent.

(Cuarteto compuesto para las puertas de un mercado que ha de ser erigido en el emplazamiento del Club de los Jacobinos en París.)

Sentía náuseas, náuseas de muerte después de tan larga agonía; y, cuando por fin me desataron y me permitieron sentarme, comprendí que mis sentidos me abandonaban. La sentencia, la atroz sentencia de muerte, fue el último sonido reconocible que registraron mis oídos. Después, el murmullo de las voces de los inquisidores pareció fundirse en un soñoliento zumbido indeterminado, que trajo a mi mente la idea de revolución, tal vez porque imaginativamente lo confundía con el ronroneo de una rueda de molino. Esto duró muy poco, pues de pronto cesé de oír. Pero al mismo tiempo pude ver... ¡aunque con qué terrible exageración! Vi los labios de los jueces togados de negro. Me parecieron blancos... más blancos que la hoja sobre la cual trazo estas palabras, y finos hasta lo grotesco; finos por la intensidad de su expresión de firmeza, de inmutable resolución, de absoluto desprecio hacia la tortura humana. Vi que los decretos de lo que para mí era el destino brotaban todavía de aquellos labios. Los vi torcerse mientras pronunciaban una frase letal. Los vi formar las sílabas de mi nombre, y me estremecí, porque ningún sonido llegaba hasta mí. Y en aquellos momentos de horror delirante vi también oscilar imperceptible y suavemente las negras colgaduras que ocultaban los muros de la estancia. Entonces mi visión recayó en las siete altas bujías de la mesa. Al principio me parecieron símbolos de caridad, como blancos y esbeltos ángeles que me salvarían; pero entonces, bruscamente, una espantosa náusea invadió mi espíritu y sentí que todas mis fibras se estremecían como si hubiera tocado los hilos de una batería galvánica, mientras las formas angélicas se convertían en hueros espectros de cabezas llameantes, y comprendí que ninguna ayuda me vendría de ellos. Como una profunda nota musical penetró en mi fantasía la noción de que la tumba debía ser el lugar del más dulce descanso. El pensamiento vino poco a poco y sigiloso, de modo que pasó un tiempo antes de poder apreciarlo plenamente; pero, en el momento en que mi espíritu llegaba por fin a abrigarlo, las figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia, las altas bujías se hundieron en la nada, mientras sus llamas desaparecían, y me envolvió la más negra de las tinieblas. Todas mis sensaciones fueron tragadas por el torbellino de una caída en profundidad, como la del alma en el Hades. Y luego el universo no fue más que silencio, calma y noche.

Me había desmayado, pero no puedo afirmar que hubiera perdido completamente la conciencia. No trataré de definir lo que me quedaba de ella, y menos describirla; pero no la había perdido por completo. En el más profundo sopor, en el delirio, en el desmayo... ¡hasta la muerte, hasta la misma tumba!, no todo se pierde. O bien, no existe la inmortalidad para el hombre. Cuando surgimos del más profundo de los sopores, rompemos la tela sutil de algún sueño. Y, sin embargo, un poco más tarde (tan frágil puede haber sido aquella tela) no nos acordamos de haber soñado. Cuando volvemos a la vida después de un desmayo, pasamos por dos momentos: primero, el del sentimiento de la existencia mental o espiritual; segundo, el de la existencia física. Es probable que si al llegar al segundo momento pudiéramos recordar las impresiones del primero, éstas contendrían multitud de recuerdos del abismo que se abre más atrás. Y ese abismo, ¿qué es? ¿Cómo, por lo menos, distinguir sus sombras de la tumba? Pero si las impresiones de lo que he llamado el primer momento no pueden ser recordadas por un acto de la voluntad, ¿no se presentan inesperadamente después de un largo intervalo, mientras nos maravillamos preguntándonos de dónde proceden? Aquel que nunca se ha desmayado, no descubrirá extraños palacios y caras fantásticamente familiares en las brasas del carbón; no contemplará, flotando en el aire, las melancólicas visiones que la mayoría no es capaz de ver; no meditará mientras respira el perfume de una nueva flor; no sentirá exaltarse su mente ante el sentido de una cadencia musical que jamás había llamado antes su atención.

Entre frecuentes y reflexivos esfuerzos para recordar, entre acendradas luchas para apresar algún vestigio de ese estado de aparente aniquilación en el cual se había hundido mi alma, ha habido momentos en que he vislumbrado el triunfo; breves, brevísimos períodos en que pude evocar recuerdos que, a la luz de mi lucidez posterior, sólo podían referirse a aquel momento de aparente inconsciencia. Esas sombras de recuerdo me muestran, borrosamente, altas siluetas que me alzaron y me llevaron en silencio, descendiendo... descendiendo... siempre descendiendo... hasta que un horrible mareo me oprimió a la sola idea de lo interminable de ese descenso. También evocan el vago horror que sentía mi corazón, precisamente a causa de la monstruosa calma que me invadía. Viene luego una sensación de súbita inmovilidad que invade todas las cosas, como si aquellos que me llevaban (¡atroz cortejo!) hubieran superado en su descenso los límites de lo ilimitado y descansaran de la fatiga de su tarea. Después de esto viene a la mente como un desabrimiento y humedad, y luego, todo es locura —la locura de un recuerdo que se afana entre cosas prohibidas.

Súbitamente, el movimiento y el sonido ganaron otra vez mi espíritu: el tumultuoso movimiento de mi corazón y, en mis oídos, el sonido de su latir. Sucedió una pausa, en la que todo era confuso. Otra vez sonido, movimiento y tacto —una sensación de hormigueo en todo mi cuerpo—. Y luego la mera conciencia de existir, sin pensamiento; algo que duró largo tiempo. De pronto, bruscamente, el pensamiento, un espanto estremecedor y el esfuerzo más intenso por comprender mi verdadera situación. A esto sucedió un profundo deseo de recaer en la insensibilidad. Otra vez un violento revivir del espíritu y un esfuerzo por moverme, hasta conseguirlo. Y entonces el recuerdo vívido del proceso, los jueces, las colgaduras negras, la sentencia, la náusea, el desmayo. Y total olvido de lo que siguió, de todo lo que tiempos posteriores, y un obstinado esfuerzo, me han permitido vagamente recordar.

Hasta ese momento no había abierto los ojos. Sentí que yacía de espaldas y que no estaba atado. Alargué la mano, que cayó pesadamente sobre algo húmedo y duro. La dejé allí algún tiempo, mientras trataba de imaginarme dónde me hallaba y qué era de mí. Ansiaba abrir los ojos, pero no me atrevía, porque me espantaba esa primera mirada a los objetos que me rodeaban. No es que temiera contemplar cosas horribles, pero me horrorizaba la posibilidad de que no hubiese nada que ver. Por fin, lleno de atroz angustia mi corazón, abrí de golpe los ojos, y mis peores suposiciones se confirmaron. Me rodeaba la tiniebla de una noche eterna. Luché por respirar; lo intenso de aquella oscuridad parecía oprimirme y sofocarme. La atmósfera era de una intolerable pesadez. Me quedé inmóvil, esforzándome por razonar. Evoqué el proceso de la Inquisición, buscando deducir mi verdadera situación a partir de ese punto. La sentencia había sido pronunciada; tenía la impresión de que desde entonces había transcurrido largo tiempo. Pero ni siquiera por un momento me consideré verdaderamente muerto. Semejante suposición, no obstante lo que leemos en los relatos ficticios, es por completo incompatible con la verdadera existencia. Pero, ¿dónde y en qué situación me encontraba? Sabía que, por lo regular, los condenados morían en un auto de fe, y uno de éstos acababa de realizarse la misma noche de mi proceso. ¿Me habrían devuelto a mi calabozo a la espera del próximo sacrificio, que no se cumpliría hasta varios meses más tarde? Al punto vi que era imposible. En aquel momento había una demanda inmediata de víctimas. Y, además, mi calabozo, como todas las celdas de los condenados en Toledo, tenía piso de piedra y la luz no había sido completamente suprimida.






Una horrible idea hizo que la sangre se agolpara a torrentes en mi corazón, y por un breve instante recaí en la insensibilidad. Cuando me repuse, temblando convulsivamente, me levanté y tendí desatinadamente los brazos en todas direcciones. No sentí nada, pero no me atrevía a dar un solo paso, por temor de que me lo impidieran las paredes de una tumba. Brotaba el sudor por todos mis poros y tenía la frente empapada de gotas heladas. Pero la agonía de la incertidumbre terminó por volverse intolerable, y cautelosamente me volví adelante, con los brazos tendidos, desorbitados los ojos en el deseo de captar el más débil rayo de luz. Anduve así unos cuantos pasos, pero todo seguía siendo tiniebla y vacío. Respiré con mayor libertad; por lo menos parecía evidente que mi destino no era el más espantoso de todos.

Pero entonces, mientras seguía avanzando cautelosamente, resonaron en mi recuerdo los mil vagos rumores de las cosas horribles que ocurrían en Toledo. Cosas extrañas se contaban sobre los calabozos; cosas que yo había tomado por invenciones, pero que no por eso eran menos extrañas y demasiado horrorosas para ser repetidas, salvo en voz baja. ¿Me dejarían morir de hambre en este subterráneo mundo de tiniebla, o quizá me aguardaba un destino todavía peor? Demasiado conocía yo el carácter de mis jueces para dudar de que el resultado sería la muerte, y una muerte mucho más amarga que la habitual. Todo lo que me preocupaba y me enloquecía era el modo y la hora de esa muerte.

Mis manos extendidas tocaron, por fin, un obstáculo sólido. Era un muro, probablemente de piedra, sumamente liso, viscoso y frío. Me puse a seguirlo, avanzando con toda la desconfianza que antiguos relatos me habían inspirado. Pero esto no me daba oportunidad de asegurarme de las dimensiones del calabozo, ya que daría toda la vuelta y retornaría al lugar de partida sin advertirlo, hasta tal punto era uniforme y lisa la pared. Busqué, pues, el cuchillo que llevaba conmigo cuando me condujeron a las cámaras inquisitoriales; había desaparecido, y en lugar de mis ropas tenía puesto un sayo de burda estameña. Había pensado hundir la hoja en alguna juntura de la mampostería, a fin de identificar mi punto de partida. Pero, de todos modos, la dificultad carecía de importancia, aunque en el desorden de mi mente me pareció insuperable en el primer momento. Arranqué un pedazo del ruedo del sayo y lo puse bien extendido y en ángulo recto con respecto al muro. Luego de tentar toda la vuelta de mi celda, no dejaría de encontrar el jirón al completar el circuito. Tal es lo que, por lo menos, pensé, pues no había contado con el tamaño del calabozo y con mi debilidad. El suelo era húmedo y resbaladizo. Avancé, titubeando, un trecho, pero luego trastrabillé y caí. Mi excesiva fatiga me indujo a permanecer postrado y el sueño no tardó en dominarme.

Al despertar y extender un brazo hallé junto a mí un pan y un cántaro de agua. Estaba demasiado exhausto para reflexionar acerca de esto, pero comí y bebí ávidamente. Poco después reanudé mi vuelta al calabozo y con mucho trabajo llegué, por fin, al pedazo de estameña. Hasta el momento de caer al suelo había contado cincuenta y dos pasos, y al reanudar mi vuelta otros cuarenta y ocho, hasta llegar al trozo de género. Había, pues, un total de cien pasos. Contando una yarda por cada dos pasos, calculé que el calabozo tenía un circuito de cincuenta yardas. No obstante, había encontrado numerosos ángulos de pared, de modo que no podía hacerme una idea clara de la forma de la cripta, a la que llamo así pues no podía impedirme pensar que lo era.

Poca finalidad y menos esperanza tenían estas investigaciones, pero una vaga curiosidad me impelía a continuarlas. Apartándome de la pared, resolví cruzar el calabozo por uno de sus diámetros. Avancé al principio con suma precaución, pues aunque el piso parecía de un material sólido, era peligrosamente resbaladizo a causa del limo. Cobré ánimo, sin embargo, y terminé caminando con firmeza, esforzándome por seguir una línea todo lo recta posible. Había avanzado diez o doce pasos en esta forma cuando el ruedo desgarrado del sayo se me enredó en las piernas. Trastabillando, caí violentamente de bruces.

En la confusión que siguió a la caída no reparé en un sorprendente detalle que, pocos segundos más tarde, y cuando aún yacía boca abajo, reclamó mi atención. Helo aquí: tenía el mentón apoyado en el piso del calabozo, pero mis labios y la parte superior de mi cara, que aparentemente debían encontrarse a un nivel inferior al de la mandíbula, no se apoyaba en nada. Al mismo tiempo me pareció que bañaba mi frente un vapor viscoso, y el olor característico de los hongos podridos penetró en mis fosas nasales. Tendí un brazo y me estremecí al descubrir que me había desplomado exactamente al borde de un pozo circular, cuya profundidad me era imposible descubrir por el momento. Tanteando en la mampostería que bordeaba el pozo logré desprender un menudo fragmento y lo tiré al abismo. Durante largos segundos escuché cómo repercutía al golpear en su descenso las paredes del pozo; hubo por fin, un chapoteo en el agua, al cual sucedieron sonoros ecos. En ese mismo instante oí un sonido semejante al de abrirse y cerrarse rápidamente una puerta en lo alto, mientras un débil rayo de luz cruzaba instantáneamente la tiniebla y volvía a desvanecerse con la misma precipitación.

Comprendí claramente el destino que me habían preparado y me felicité de haber escapado a tiempo gracias al oportuno accidente. Un paso más antes de mi caída y el mundo no hubiera vuelto a saber de mí. La muerte a la que acababa de escapar tenía justamente las características que yo había rechazado como fabulosas y antojadizas en los relatos que circulaban acerca de la Inquisición. Para las víctimas de su tiranía se reservaban dos especies de muerte: una llena de horrorosos sufrimientos físicos, y otra acompañada de sufrimientos morales todavía más atroces. Yo estaba destinado a esta última. Mis largos padecimientos me habían desequilibrado los nervios, al punto que bastaba el sonido de mi propia voz para hacerme temblar, y por eso constituía en todo sentido el sujeto ideal para la clase de torturas que me aguardaban.

Estremeciéndome de pies a cabeza, me arrastré hasta volver a tocar la pared, resuelto a perecer allí antes que arriesgarme otra vez a los horrores de los pozos —ya que mi imaginación concebía ahora más de uno— situados en distintos lugares del calabozo. De haber tenido otro estado de ánimo, tal vez me hubiera alcanzado el coraje para acabar de una vez con mis desgracias precipitándome en uno de esos abismos; pero había llegado a convertirme en el peor de los cobardes. Y tampoco podía olvidar lo que había leído sobre esos pozos, esto es, que su horrible disposición impedía que la vida se extinguiera de golpe.

La agitación de mi espíritu me mantuvo despierto durante largas horas, pero finalmente acabé por adormecerme. Cuando desperté, otra vez había a mi lado un pan y un cántaro de agua. Me consumía una sed ardiente y de un solo trago vacié el jarro. El agua debía contener alguna droga, pues apenas la hube bebido me sentí irresistiblemente adormilado. Un profundo sueño cayó sobre mí, un sueño como el de la muerte. No sé, en verdad, cuánto duró, pero cuando volví a abrir los ojos los objetos que me rodeaban eran visibles. Gracias a un resplandor sulfuroso, cuyo origen me fue imposible determinar al principio, pude contemplar la extensión y el aspecto de mi cárcel.

Mucho me había equivocado sobre su tamaño. El circuito completo de los muros no pasaba de unas veinticinco yardas. Durante unos minutos, esto me llenó de una vana preocupación. Vana, sí, pues nada podía tener menos importancia, en las terribles circunstancias que me rodeaban, que las simples dimensiones del calabozo. Pero mi espíritu se interesaba extrañamente en nimiedades y me esforcé por descubrir el error que había podido cometer en mis medidas. Por fin se me reveló la verdad. En la primera tentativa de exploración había contado cincuenta y dos pasos hasta el momento en que caí al suelo. Sin duda, en ese instante me encontraba a uno o dos pasos del jirón de estameña, es decir, que había cumplido casi completamente la vuelta del calabozo. Al despertar de mi sueño debí emprender el camino en dirección contraria, es decir, volviendo sobre mis pasos, y así fue cómo supuse que el circuito medía el doble de su verdadero tamaño. La confusión de mi mente me impidió reparar entonces que había empezado mi vuelta teniendo la pared a la izquierda y que la terminé teniéndola a la derecha. También me había engañado sobre la forma del calabozo. Al tantear las paredes había encontrado numerosos ángulos, deduciendo así que el lugar presentaba una gran irregularidad. ¡Tan potente es el efecto de las tinieblas sobre alguien que despierta de la letargia o del sueño! Los ángulos no eran más que unas ligeras depresiones o entradas a diferentes intervalos. Mi prisión tenía forma cuadrada. Lo que había tomado por mampostería resultaba ser hierro o algún otro metal, cuyas enormes planchas, al unirse y soldarse, ocasionaban las depresiones. La entera superficie de esta celda metálica aparecía toscamente pintarrajeada con todas las horrendas y repugnantes imágenes que la sepulcral superstición de los monjes había sido capaz de concebir. Las figuras de demonios amenazantes, de esqueletos y otras imágenes todavía más terribles recubrían y desfiguraban los muros. Reparé en que las siluetas de aquellas monstruosidades estaban bien delineadas, pero que los colores parecían borrosos y vagos, como si la humedad de la atmósfera los hubiese afectado. Noté asimismo que el suelo era de piedra. En el centro se abría el pozo circular de cuyas fauces, abiertas como si bostezara, acababa de escapar; pero no había ningún otro en el calabozo.

Vi todo esto sin mucho detalle y con gran trabajo, pues mi situación había cambiado grandemente en el curso de mi sopor. Yacía ahora de espaldas, completamente estirado, sobre una especie de bastidor de madera. Estaba firmemente amarrado por una larga banda que parecía un cíngulo. Pasaba, dando muchas vueltas, por mis miembros y mi cuerpo, dejándome solamente en libertad la cabeza y el brazo derecho, que con gran trabajo podía extender hasta los alimentos, colocados en un plato de barro a mi alcance. Para mayor espanto, vi que se habían llevado el cántaro de agua. Y digo espanto porque la más intolerable sed me consumía. Por lo visto, la intención de mis torturadores era estimular esa sed, pues la comida del plato consistía en carne sumamente condimentada.

Mirando hacia arriba observé el techo de mi prisión. Tendría unos treinta o cuarenta pies de alto, y su construcción se asemejaba a la de los muros. En uno de sus paneles aparecía una extraña figura que se apoderó por completo de mi atención. La pintura representaba al Tiempo tal como se lo suele figurar, salvo que, en vez de guadaña, tenía lo que me pareció la pintura de un pesado péndulo, semejante a los que vemos en los relojes antiguos. Algo, sin embargo, en la apariencia de aquella imagen me movió a observarla con más detalle. Mientras la miraba directamente de abajo hacia arriba (pues se encontraba situada exactamente sobre mí) tuve la impresión de que se movía. Un segundo después esta impresión se confirmó. La oscilación del péndulo era breve y, naturalmente, lenta. Lo observé durante un rato con más perplejidad que temor. Cansado, al fin, de contemplar su monótono movimiento, volví los ojos a los restantes objetos de la celda.

Un ligero ruido atrajo mi atención y, mirando hacia el piso, vi cruzar varias enormes ratas. Habían salido del pozo, que se hallaba al alcance de mi vista sobre la derecha. Aún entonces, mientras las miraba, siguieron saliendo en cantidades, presurosas y con ojos famélicos atraídas por el olor de la carne. Me dio mucho trabajo ahuyentarlas del plato de comida.

Habría pasado una media hora, quizá una hora entera —pues sólo tenía una noción imperfecta del tiempo—, antes de volver a fijar los ojos en lo alto. Lo que entonces vi me confundió y me llenó de asombro. La carrera del péndulo había aumentado, aproximadamente, en una yarda. Como consecuencia natural, su velocidad era mucho más grande. Pero lo que me perturbó fue la idea de que el péndulo había descendido perceptiblemente. Noté ahora —y es inútil agregar con cuánto horror— que su extremidad inferior estaba constituida por una media luna de reluciente acero, cuyo largo de punta a punta alcanzaba a un pie. Aunque afilado como una navaja, el péndulo parecía macizo y pesado, y desde el filo se iba ensanchando hasta rematar en una ancha y sólida masa. Hallábase fijo a un pesado vástago de bronce y todo el mecanismo silbaba al balancearse en el aire.

Ya no me era posible dudar del destino que me había preparado el ingenio de los monjes para la tortura. Los agentes de la Inquisición habían advertido mi descubrimiento del pozo. El pozo, sí, cuyos horrores estaban destinados a un recusante tan obstinado como yo; el pozo, símbolo típico del infierno, última Thule de los castigos de la Inquisición, según los rumores que corrían. Por el más casual de los accidentes había evitado caer en el pozo y bien sabía que la sorpresa, la brusca precipitación en los tormentos, constituían una parte importante de las grotescas muertes que tenían lugar en aquellos calabozos. No habiendo caído en el pozo, el demoniaco plan de mis verdugos no contaba con precipitarme por la fuerza, y por eso, ya que no quedaba otra alternativa, me esperaba ahora un final diferente y más apacible. ¡Más apacible! Casi me sonreí en medio del espanto al pensar en semejante aplicación de la palabra.

¿De qué vale hablar de las largas, largas horas de un horror más que mortal, durante las cuales conté las zumbantes oscilaciones del péndulo? Pulgada a pulgada, con un descenso que sólo podía apreciarse después de intervalos que parecían siglos... más y más íbase aproximando. Pasaron días —puede ser que hayan pasado muchos días— antes de que oscilara tan cerca de mí que parecía abanicarme con su acre aliento. El olor del afilado acero penetraba en mis sentidos... Supliqué, fatigando al cielo con mis ruegos, para que el péndulo descendiera más velozmente. Me volví loco, me exasperé e hice todo lo posible por enderezarme y quedar en el camino de la horrible cimitarra. Y después caí en una repentina calma y me mantuve inmóvil, sonriendo a aquella brillante muerte como un niño a un bonito juguete.

Siguió otro intervalo de total insensibilidad. Fue breve, pues al resbalar otra vez en la vida noté que no se había producido ningún descenso perceptible del péndulo. Podía, sin embargo, haber durado mucho, pues bien sabía que aquellos demonios estaban al tanto de mi desmayo y que podían haber detenido el péndulo a su gusto. Al despertarme me sentí inexpresablemente enfermo y débil, como después de una prolongada inanición. Aun en la agonía de aquellas horas la naturaleza humana ansiaba alimento. Con un penoso esfuerzo alargué el brazo izquierdo todo lo que me lo permitían mis ataduras y me apoderé de una pequeña cantidad que habían dejado las ratas. Cuando me llevaba una porción a los labios pasó por mi mente un pensamiento apenas esbozado de alegría... de esperanza. Pero, ¿qué tenía yo que ver con la esperanza? Era aquél, como digo, un pensamiento apenas formado; muchos así tiene el hombre que no llegan a completarse jamás. Sentí que era de alegría, de esperanza; pero sentí al mismo tiempo que acababa de extinguirse en plena elaboración. Vanamente luché por alcanzarlo, por recobrarlo. El prolongado sufrimiento había aniquilado casi por completo mis facultades mentales ordinarias. No era más que un imbécil, un idiota.

La oscilación del péndulo se cumplía en ángulo recto con mi cuerpo extendido. Vi que la media luna estaba orientada de manera de cruzar la zona del corazón. Desgarraría la estameña de mi sayo..., retornaría para repetir la operación... otra vez..., otra vez... A pesar de su carrera terriblemente amplia (treinta pies o más) y la sibilante violencia de su descenso, capaz de romper aquellos muros de hierro, todo lo que haría durante varios minutos sería cortar mi sayo. A esa altura de mis pensamientos debí de hacer una pausa, pues no me atrevía a prolongar mi reflexión. Me mantuve en ella, pertinazmente fija la atención, como si al hacerlo pudiera detener en ese punto el descenso de la hoja de acero. Me obligué a meditar acerca del sonido que haría la media luna cuando pasara cortando el género y la especial sensación de estremecimiento que produce en los nervios el roce de una tela. Pensé en todas estas frivolidades hasta el límite de mi resistencia.

Bajaba... seguía bajando suavemente. Sentí un frenético placer en comparar su velocidad lateral con la del descenso. A la derecha... a la izquierda... hacia los lados, con el aullido de un espíritu maldito... hacia mi corazón, con el paso sigiloso del tigre. Sucesivamente reí a carcajadas y clamé, según que una u otra idea me dominara.

Bajaba... ¡Seguro, incansable, bajaba! Ya pasaba vibrando a tres pulgadas de mi pecho. Luché con violencia, furiosamente, para soltar mi brazo izquierdo, que sólo estaba libre a partir del codo. Me era posible llevar la mano desde el plato, puesto a mi lado, hasta la boca, pero no más allá. De haber roto las ataduras arriba del codo, hubiera tratado de detener el péndulo. ¡Pero lo mismo hubiera sido pretender atajar un alud!

Bajaba... ¡Sin cesar, inevitablemente, bajaba! Luché, jadeando, a cada oscilación. Me encogía convulsivamente a cada paso del péndulo. Mis ojos seguían su carrera hacia arriba o abajo, con la ansiedad de la más inexpresable desesperación; mis párpados se cerraban espasmódicamente a cada descenso, aunque la muerte hubiera sido para mí un alivio, ¡ah, inefable! Pero cada uno de mis nervios se estremecía, sin embargo, al pensar que el más pequeño deslizamiento del mecanismo precipitaría aquel reluciente, afilado eje contra mi pecho. Era la esperanza la que hacía estremecer mis nervios y contraer mi cuerpo. Era la esperanza, esa esperanza que triunfa aún en el potro del suplicio, que susurra al oído de los condenados a muerte hasta en los calabozos de la Inquisición.

Vi que después de diez o doce oscilaciones el acero se pondría en contacto con mi ropa, y en el mismo momento en que hice esa observación invadió mi espíritu toda la penetrante calma concentrada de la desesperación. Por primera vez en muchas horas —quizá días— me puse a pensar. Acudió a mi mente la noción de que la banda o cíngulo que me ataba era de una sola pieza. Mis ligaduras no estaban constituidas por cuerdas separadas. El primer roce de la afiladísima media luna sobre cualquier porción de la banda bastaría para soltarla, y con ayuda de mi mano izquierda podría desatarme del todo. Pero, ¡cuán terrible, en ese caso, la proximidad del acero! ¡Cuán letal el resultado de la más leve lucha! Y luego, ¿era verosímil que los esbirros del torturador no hubieran previsto y prevenido esa posibilidad? ¿Cabía pensar que la atadura cruzara mi pecho en el justo lugar por donde pasaría el péndulo? Temeroso de descubrir que mi débil y, al parecer, postrera esperanza se frustraba, levanté la cabeza lo bastante para distinguir con claridad mi pecho. El cíngulo envolvía mis miembros y mi cuerpo en todas direcciones, salvo en el lugar por donde pasaría el péndulo.

Apenas había dejado caer hacia atrás la cabeza cuando relampagueó en mi mente algo que sólo puedo describir como la informe mitad de aquella idea de liberación a que he aludido previamente y de la cual sólo una parte flotaba inciertamente en mi mente cuando llevé la comida a mis ardientes labios. Mas ahora el pensamiento completo estaba presente, débil, apenas sensato, apenas definido... pero entero. Inmediatamente, con la nerviosa energía de la desesperación, procedí a ejecutarlo.

Durante horas y horas, cantidad de ratas habían pululado en la vecindad inmediata del armazón de madera sobre el cual me hallaba. Aquellas ratas eran salvajes, audaces, famélicas; sus rojas pupilas me miraban centelleantes, como si esperaran verme inmóvil para convertirme en su presa. «¿A qué alimento —pensé— las han acostumbrado en el pozo?» A pesar de todos mis esfuerzos por impedirlo, ya habían devorado el contenido del plato, salvo unas pocas sobras. Mi mano se había agitado como un abanico sobre el plato; pero, a la larga, la regularidad del movimiento le hizo perder su efecto. En su voracidad, las odiosas bestias me clavaban sus afiladas garras en los dedos. Tomando los fragmentos de la aceitosa y especiada carne que quedaba en el plato, froté con ellos mis ataduras allí donde era posible alcanzarlas, y después, apartando mi mano del suelo, permanecí completamente inmóvil, conteniendo el aliento.

Los hambrientos animales se sintieron primeramente aterrados y sorprendidos por el cambio... la cesación de movimiento. Retrocedieron llenos de alarma, y muchos se refugiaron en el pozo. Pero esto no duró más que un momento. No en vano había yo contado con su voracidad. Al observar que seguía sin moverme, una o dos de las más atrevidas saltaron al bastidor de madera y olfatearon el cíngulo. Esto fue como la señal para que todas avanzaran. Salían del pozo, corriendo en renovados contingentes. Se colgaron de la madera, corriendo por ella y saltaron a centenares sobre mi cuerpo. El acompasado movimiento del péndulo no las molestaba para nada. Evitando sus golpes, se precipitaban sobre las untadas ligaduras. Se apretaban, pululaban sobre mí en cantidades cada vez más grandes. Se retorcían cerca de mi garganta; sus fríos hocicos buscaban mis labios. Yo me sentía ahogar bajo su creciente peso; un asco para el cual no existe nombre en este mundo llenaba mi pecho y helaba con su espesa viscosidad mi corazón. Un minuto más, sin embargo, y la lucha terminaría. Con toda claridad percibí que las ataduras se aflojaban. Me di cuenta de que debían de estar rotas en más de una parte. Pero, con una resolución que excedía lo humano, me mantuve inmóvil.

No había errado en mis cálculos ni sufrido tanto en vano. Por fin, sentí que estaba libre. El cíngulo colgaba en tiras a los lados de mi cuerpo. Pero ya el paso del péndulo alcanzaba mi pecho. Había dividido la estameña de mi sayo y cortaba ahora la tela de la camisa. Dos veces más pasó sobre mí, y un agudísimo dolor recorrió mis nervios. Pero el momento de escapar había llegado. Apenas agité la mano, mis libertadoras huyeron en tumulto. Con un movimiento regular, cauteloso, y encogiéndome todo lo posible, me deslicé, lentamente, fuera de mis ligaduras, más allá del alcance de la cimitarra. Por el momento, al menos, estaba libre.

Libre... ¡y en las garras de la Inquisición! Apenas me había apartado de aquel lecho de horror para ponerme de pie en el piso de piedra, cuando cesó el movimiento de la diabólica máquina, y la vi subir, movida por una fuerza invisible, hasta desaparecer más allá del techo. Aquello fue una lección que debí tomar desesperadamente a pecho. Indudablemente espiaban cada uno de mis movimientos. ¡Libre! Apenas si había escapado de la muerte bajo la forma de una tortura, para ser entregado a otra que sería peor aún que la misma muerte. Pensando en eso, paseé nerviosamente los ojos por las barreras de hierro que me encerraban. Algo insólito, un cambio que, al principio, no me fue posible apreciar claramente, se había producido en el calabozo. Durante largos minutos, sumido en una temblorosa y vaga abstracción me perdí en vanas y deshilvanadas conjeturas. En estos momentos pude advertir por primera vez el origen de la sulfurosa luz que iluminaba la celda. Procedía de una fisura de media pulgada de ancho, que rodeaba por completo el calabozo al pie de las paredes, las cuales parecían —y en realidad estaban— completamente separadas del piso. A pesar de todos mis esfuerzos, me fue imposible ver nada a través de la abertura.

Al ponerme otra vez de pie comprendí de pronto el misterio del cambio que había advertido en la celda. Ya he dicho que, si bien las siluetas de las imágenes pintadas en los muros eran suficientemente claras, los colores parecían borrosos e indefinidos. Pero ahora esos colores habían tomado un brillo intenso y sorprendente, que crecía más y más y daba a aquellas espectrales y diabólicas imágenes un aspecto que hubiera quebrantado nervios más resistentes que los míos. Ojos demoniacos, de una salvaje y aterradora vida, me contemplaban fijamente desde mil direcciones, donde ninguno había sido antes visible, y brillaban con el cárdeno resplandor de un fuego que mi imaginación no alcanzaba a concebir como irreal.

¡Irreal...! Al respirar llegó a mis narices el olor característico del vapor que surgía del hierro recalentado... Aquel olor sofocante invadía más y más la celda... Los sangrientos horrores representados en las paredes empezaron a ponerse rojos... Yo jadeaba, tratando de respirar. Ya no me cabía duda sobre la intención de mis torturadores. ¡Ah, los más implacables, los más demoniacos entre los hombres! Corrí hacia el centro de la celda, alejándome del metal ardiente. Al encarar en mi pensamiento la horrible destrucción que me aguardaba, la idea de la frescura del pozo invadió mi alma como un bálsamo. Corrí hasta su borde mortal. Esforzándome, miré hacia abajo. El resplandor del ardiente techo iluminaba sus más recónditos huecos. Y, sin embargo, durante un horrible instante, mi espíritu se negó a comprender el sentido de lo que veía. Pero, al fin, ese sentido se abrió paso, avanzó poco a poco hasta mi alma, hasta arder y consumirse en mi estremecida razón. ¡Oh, poder expresarlo! ¡Oh espanto! ¡Todo... todo menos eso! Con un alarido, salté hacia atrás y hundí mi cara en las manos, sollozando amargamente.

El calor crecía rápidamente, y una vez más miré a lo alto, temblando como en un ataque de calentura. Un segundo cambio acababa de producirse en la celda..., y esta vez el cambio tenía que ver con la forma. Al igual que antes, fue inútil que me esforzara por apreciar o entender inmediatamente lo que estaba ocurriendo. Pero mis dudas no duraron mucho. La venganza de la Inquisición se aceleraba después de mi doble escapatoria, y ya no habría más pérdida de tiempo por parte del Rey de los Espantos. Hasta entonces mi celda había sido cuadrada. De pronto vi que dos de sus ángulos de hierro se habían vuelto agudos, y los otros dos, por consiguiente, obtusos. La horrible diferencia se acentuaba rápidamente, con un resonar profundo y quejumbroso. En un instante el calabozo cambió su forma por la de un rombo. Pero el cambio no se detuvo allí, y yo no esperaba ni deseaba que se detuviera. Podría haber pegado mi pecho a las rojas paredes, como si fueran vestiduras de eterna paz. «¡La muerte!» —clamé—. «¡Cualquier muerte, menos la del pozo!» ¡Insensato! ¿Acaso no era evidente que aquellos hierros al rojo tenían por objeto precipitarme en el pozo? ¿Podría acaso resistir su fuego? Y si lo resistiera, ¿cómo oponerme a su presión? El rombo se iba achatando más y más, con una rapidez que no me dejaba tiempo para mirar. Su centro y, por tanto, su diámetro mayor llegaba ya sobre el abierto abismo. Me eché hacia atrás, pero las movientes paredes me obligaban irresistiblemente a avanzar. Por fin no hubo ya en el piso del calabozo ni una pulgada de asidero para mi chamuscado y convulso cuerpo. Cesé de luchar, pero la agonía de mi alma se expresó en un agudo, prolongado alarido final de desesperación. Sentí que me tambaleaba al borde del pozo... Desvié la mirada...

¡Y oí un discordante clamoreo de voces humanas! ¡Resonó poderoso un toque de trompetas! ¡Escuché un áspero chirriar semejante al de mil truenos! ¡Las terribles paredes retrocedieron! Una mano tendida sujetó mi brazo en el instante en que, desmayado, me precipitaba al abismo. Era la del general Lasalle. El ejército francés acababa de entrar en Toledo. La Inquisición estaba en poder de sus enemigos

HERMANN HESSE

  Los dos mundos Comienzo mi historia como un acontecimiento de la época en que yo tenía diez años e iba al Instituto de letras de nuestra p...